Lo extraordinario siempre está ahí

por qué sólo valoramos lo cotidiano cuando desaparece

 

Semana de julio en la que ya se nota que las vacaciones están cerca. He estado cerrando temas en la universidad, asistiendo al acto de graduación de OBS Business School en el Auditori de Barcelona – por todo lo alto – y disfrutando de un fin de semana tranquilo. El domingo, concierto de Diana Krall en el Festival del Palau de Pedralbes. El sábado ha empezado con un poco de ejercicio y aire libre: salimos a caminar unos kilómetros por Barcelona, recorriendo Montjuïc, con unas vistas maravillosas a Barcelona.

Pero, en medio de una nueva ola de calor, llegar a casa deseando una ducha relajante y descubrir una avería en el calentador ha sido una sorpresa poco agradable.

El mal humor que provoca tener que avisar para que solucionen el problema, descubrir que no sé cómo hacerlo y escuchar la pregunta: “¿no te ha pasado antes?” me ha hecho reflexionar. Porque no, no he tenido una sola avería en muchos años. Porque, probablemente, no he sabido valorar la suerte de tener siempre agua caliente y que todo funcione sin problemas… hasta el día en que deja de hacerlo.

No valoramos lo que tenemos. Es una realidad.

 

Cuando lo cotidiano deja de sorprendernos

Hay una paradoja que se repite en nuestra vida: cuanto más importante es algo para nuestro bienestar, más fácil resulta dejar de verlo.

Nos ocurre con la salud, con las personas que queremos, con la tranquilidad de una rutina estable, con una conversación al final del día, con un café en compañía o con esa sensación de normalidad que parece tan poco extraordinaria… hasta que deja de existir.

Vivimos convencidos de que los grandes momentos son los que dan sentido a la vida. Sin embargo, la evidencia científica apunta justo en la dirección contraria: nuestra felicidad depende mucho más de las pequeñas experiencias cotidianas que de los acontecimientos excepcionales.

Y, aun así, las damos por hechas.

Lo extraordinario siempre está ahí. Aunque no lo parezca.

 

La paradoja de acostumbrarnos a lo bueno

El ser humano tiene una extraordinaria capacidad para adaptarse. Gracias a ella superamos dificultades, aprendemos y evolucionamos. Pero esa misma capacidad tiene una cara menos amable: también nos acostumbramos a lo bueno.

Aquello que un día te hacía inmensamente feliz, se acaba convirtiendo en cotidiano. Dejas de sorprenderte por tener salud. Dejas de agradecer una relación importante. Dejas de valorar un equipo con el que trabajas a gusto. Dejas de apreciar el privilegio de una conversación o de una tarde sin prisas.

Y sabemos que es por cómo funciona nuestro cerebro.

Nuestro cerebro está diseñado para detectar lo nuevo, lo inesperado y, sobre todo, aquello que puede representar una amenaza. Lo estable, lo cotidiano deja de reclamar nuestra atención porque deja de ser relevante desde el punto de vista de la supervivencia.

Sin embargo, precisamente lo cotidiano es lo que suele dar sentido a nuestra vida.

 

La adaptación hedónica: el cerebro diseñado para normalizar

En psicología existe un concepto ampliamente estudiado llamado adaptación hedónica. Describe la tendencia que tenemos a regresar a un nivel relativamente estable de bienestar después de acontecimientos positivos o negativos.

Conseguimos un ascenso. Alcanzamos una meta importante. Encontramos el trabajo que soñábamos.

Durante un tiempo experimentamos una intensa satisfacción.

Después, aquello pasa a formar parte de la normalidad.

Y entonces aparece una nueva meta, un nuevo deseo o una nueva comparación.

No es casualidad que tantas personas vivan con la sensación de que «todavía falta algo». La mente se acostumbra rápidamente a los logros y desplaza su atención hacia lo siguiente.

Esta dinámica explica por qué perseguir continuamente nuevos objetivos no garantiza una mayor satisfacción vital.

El bienestar no depende únicamente de conseguir más, sino de conservar la capacidad de apreciar lo que ya existe.

 

Cuando una ausencia nos devuelve la perspectiva

Hay una pregunta que rara vez te haces mientras todo va bien:

¿Qué echaría profundamente de menos si mañana desapareciera?

La respuesta suele ser reveladora.

Porque casi nunca mencionas el coche nuevo, el último reconocimiento profesional o el siguiente objetivo pendiente.

Piensas en las personas importantes de tu vida. En la salud. En las conversaciones. En los pequeños rituales que resultan importantes sin que apenas seas consciente de ello.

La pérdida tiene una extraña capacidad para iluminar aquello que la costumbre ha oscurecido.

Con la pérdida, de repente comprendes que aquello que parecía normal era, en realidad, extraordinario.

Tal vez por eso muchas personas afirman, después de atravesar experiencias difíciles, que aprendieron a valorar cosas que antes ni siquiera veían.

Así que no hace falta esperar a una pérdida para desarrollar esa mirada. Puedes entrenarla.

 

Tres claves para entrenar

tu atención a lo cotidiano

Y es que el problema no es que a tu vida le falten cosas extraordinarias. Es que tu cerebro ha convertido en invisibles aquellas que más contribuyen a tu bienestar.

El mayor ladrón de bienestar no es la adversidad. Es la costumbre.

Por ello, te propongo tres claves sencillas para volver a mirar lo cotidiano con otros ojos.

 

1.

Cambia la pregunta

Al terminar el día, en lugar de pensar únicamente en lo que faltó o en lo que salió mal, pregúntate: ¿Qué ha funcionado hoy que he dado por hecho?

La respuesta te ayudará a centrar tu atención.

 

2.

Introduce pausas en tu día

Vivimos con tanta prisa que muchas experiencias positivas pasan delante de ti sin dejar huella.

Dedicar unos minutos a prestar atención a un momento agradable ayuda a que tu cerebro lo registre con mayor intensidad y reduzca esa tendencia automática a pasar página.

No es una pérdida de tiempo (sé lo que estás pensando: “no puedo”, pero te aseguro que si es posible) , es una inversión en bienestar.

 

3.

Practica el agradecimiento

Agradece. Reconoce. Habla sobre aquello que valoras.

Hazlo contigo mismo y con los demás.

Las investigaciones sobre gratitud muestran que el agradecimiento fortalece las relaciones, mejora el bienestar emocional y favorece climas de mayor confianza tanto en la vida personal como en las organizaciones.

Y, además, te recuerda algo esencial: lo importante ya está a tu lado.

 

Porque la verdadera felicidad no suele aparecer en los momentos excepcionales. Está escondida en la normalidad.

En esa conversación antes de dormirte.

En la rutina que un día echarás de menos.

En la salud que hoy te permite hacer planes.

En las personas que tienes a tu lado.

Porque, probablemente, la calidad de una vida no se mide solo por los grandes hitos que alcanzas, sino por tu capacidad de reconocer el valor de lo que sucede cada día.

Y tal vez esa sea una de las formas más profundas de inteligencia: no esperar a perder algo para descubrir lo extraordinario que era.

Porque lo extraordinario nunca estuvo lejos. Siempre estuvo delante de ti.

 

 

Gracias por estar al otro lado. Escribir siempre es un ejercicio de reflexión, pero cobra sentido cuando alguien dedica unos minutos a leerme y a reflexionar conmigo, así que gracias por dar sentido a mi tiempo.

Hoy te regalo una canción que ha llegado a mi móvil por una de esas curiosas casualidades que a veces suceden. ¡Ojalá te guste! Feliz semana.

 

Un cafecito contigo

 

 

no todo lo valioso necesita ser extraordinario

un cafecito contigo

vale más que mil destinos …

 

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