No hay palabras

Aprender a vivir con la ausencia

 

Decir adiós es muy difícil.

A lo largo de nuestra vida, nos enfrentamos a distintos tipos de adiós.

En ocasiones, es el adiós a algo que termina, a algo que ya no es lo que era, que acabó… y hay que ser valiente para dar el paso de reconocerlo. Este es un tipo de adiós que cuesta decir. Por algún motivo, siempre encontramos una excusa para retrasarlo. Hasta que, en un momento, sin saber por qué, aparece para la valentía para dar el paso. Entonces te das cuenta de que realmente debiste haberlo hecho mucho antes, es un tipo de adiós que libera. Es un adiós al que nos resistimos, sin saber por qué nos aferramos a la cotidianeidad para no cambiar, aunque sabemos que debemos hacerlo.

Hay momentos en la vida en los que hay que soltar lastre para elevarse y para dejar sitio a lo nuevo.

Pero hay otro tipo de adiós, quizás el más duro. El que pronunciamos cuando alguien se ha ido para siempre. Es el adiós que tenemos que dedicar a las personas queridas.

No nos han enseñado cuáles son los mecanismos del adiós y cómo afrontar el duelo. El dolor por la pérdida llega muchas veces sin esperarlo y nos desestabiliza, para rompernos por dentro.

 

No hay palabras

No hay palabras es el título del libro que Francesc Torralba escribió tras la muerte de su hijo.

El título no es una metáfora, es una constatación.

La obra nació del impacto del duelo y de la experiencia de una pérdida que desborda el lenguaje. El autor no busca consolar,  ofrecer recetas ni dar respuestas fáciles. Su intención es otra: nombrar – hasta donde es posible – lo innombrable.

Torralba escribe desde el dolor y la perplejidad. Combina su experiencia personal con la reflexión filosófica y una gran profundidad espiritual.

El libro nos muestra las distintas capas del dolor:

el shock inicial,

la ruptura del sentido,

la fragilidad extrema,

y la lenta tarea de aprender a vivir con una ausencia que no se supera, sino que se integra.

De esta lectura -muy profunda, como todas las de Torralba- me quedo con tres ideas que resuenan con fuerza.

La fragilidad humana

El duelo actúa como una revelación. En estas circunstancias, nos hacemos más conscientes de que la vida es vulnerable y no controlable. La muerte de un ser querido rompe de golpe la sensación de dominio y seguridad que muchas veces tenemos sin ser conscientes de ello. El duelo nos recuerda, de manera abrupta, que no todo depende de nosotros.

El dolor no tiene atajos

Torralba insiste en algo incómodo pero necesario: el dolor no se puede acelerar ni anestesiar sin consecuencias. No hay atajos emocionales. El dolor necesita ser atravesado, no esquivado. Intentar evitarlo solo lo cronifica o lo desplaza.

Aprender a vivir con la ausencia

Es necesario aprender a vivir con la ausencia. El libro no habla de cerrar heridas, sino de convivir con ellas. De aceptar que hay pérdidas que dejan una marca permanente. El amor no desaparece con la muerte, cambia de forma.

 

Reflexiones desde las vivencias de Torralba que me parecen particularmente relevantes.

Y retomo el final de un texto que escribí en 2020, tras la muerte de mi madre: “vivir implica aceptar”.

 

Vivir implica aceptar

Vivir implica aceptar y no esquivar todo lo que te va llegando: disfrutar los buenos momentos, encajar golpes inesperados, luchar contra problemas que, a veces, te parecen gigantes, pensar que no vas a poder cruzar esa montaña que tienes delante, llorar en ocasiones –más de las que quisieras–, dar gracias por las personas que te quieren, valorar cada pequeño detalle que te regala la vida, … y aceptar que a veces la vida duele.

Aceptar … no queda otra opción.

 

Hoy te dejo una canción preciosa de Marta Santos para darte las gracias por leerme y desearte una feliz semana