¿Quién decide tus límites?

Día Internacional de la Niña

 

Semana muy intensa, con varias sesiones de mi programa de liderazgo y clases en la universidad. Termina con una buena noticia: el Premio Nobel de la Paz 2026 concedido a Navi Pillay, una mujer que creció bajo el apartheid en Sudáfrica y llegó a convertirse en referente internacional de la defensa de los derechos humanos. Su historia nos recuerda hasta dónde puede llegar una persona cuando consigue superar barreras que otros han levantado. Es algo que me lleva a una reflexión justamente en el Día Internacional de la Niña.

Porque el mundo de los peques es maravilloso. Con sus fantasías y sus ganas de crecer. Justamente hay una edad en la que una niña puede querer ser astronauta por la mañana, veterinaria después de comer y presidenta antes de acostarse. Y no encuentra ninguna contradicción en ello. No se pregunta si será capaz, si tendrá las cualidades necesarias o si alguien como ella ha llegado antes hasta allí. Simplemente imagina y se ve allí.

Me pregunto en qué momento empezamos a perder esa visión. Cuándo dejamos de mirar el mundo como un lugar lleno de posibilidades y comenzamos a verlo como un territorio de límites. Cuándo sustituimos el “es lo que voy a hacer” por el “no sé si podré”.

Porque lo curioso es que muchas veces dejamos de creer en nuestras posibilidades mucho antes de haberlas puesto a prueba.

Y eso debería hacernos pensar.

 

Los límites que aprendemos sin darnos cuenta

Este 11 de octubre celebramos el Día Internacional de la Niña. Una fecha que nos invita a reflexionar sobre las oportunidades que ofrecemos a las niñas, pero también sobre algo menos visible: las expectativas que depositamos en ellas.

Porque los límites no siempre se imponen. A veces se transmiten de manera casi imperceptible.

Están en los comentarios cotidianos, en las cualidades que elogiamos, en las profesiones que asociamos a unos y a otras, en las historias que contamos y en los referentes que mostramos.

Y, sobre todo, están en aquello que damos por supuesto.

No hace falta decirle a una niña que no puede hacer algo para conseguir que deje de imaginarse haciéndolo.

A veces basta con que nunca vea a una mujer haciéndolo.

O que vea que le valoran más ser buena que ser valiente. Que es preferible no equivocarse a arriesgarse. Que agradar a los demás merece más reconocimiento que defender una idea propia.

Son mensajes subliminales, de los que nadie parece darse cuenta… pero los mensajes pequeños, cuando se repiten durante años, pueden acabar construyendo creencias enormes.

 

A los seis años ya podemos empezar a dudar

La investigación académica ofrece un dato especialmente revelador.

Un estudio publicado en la revista Science en 2017, realizado por Lin Bian, Sarah-Jane Leslie y Andrei Cimpian, analizó cómo aparecen los estereotipos de género relacionados con la inteligencia.

Los investigadores encontraron que, a partir de los seis años, las niñas estudiadas eran menos propensas que los niños a considerar que las personas de su propio género podían ser extraordinariamente inteligentes. También empezaban a mostrar menos interés por actividades presentadas como destinadas a personas especialmente brillantes.

Seis años. Una edad en la que todavía estamos aprendiendo a entender el mundo y ya podemos estar aprendiendo a dudar de nuestro lugar en él.

Por supuesto, el estudio no significa que todas las niñas desarrollen esas creencias. Pero demuestra algo importante: las expectativas sociales pueden influir en nuestros intereses mucho antes de que tomemos nuestras primeras decisiones académicas o profesionales.

Y con ello, podemos perder mucho talento en esas áreas, no por falta de capacidad, sino porque muchas niñas dejan de considerar posibilidades que nunca deberían haber descartado.

 

El talento necesita oportunidades, no etiquetas

A lo largo de mi trayectoria profesional he conocido a mujeres extraordinariamente preparadas que dudaban de sus capacidades, que necesitaban sentirse completamente listas antes de aceptar un reto o que restaban importancia a sus propios logros.

Y siempre me ha parecido importante preguntarnos de dónde proceden algunas de esas inseguridades.

Aunque no podemos atribuirlas todas a la infancia, tampoco podemos ignorar que nuestra manera de entender lo que somos capaces de hacer se construye durante muchos años y empieza en esa etapa.

Por eso, cuando hablamos de impulsar el liderazgo femenino, no deberíamos empezar únicamente por las mujeres que hoy ocupan posiciones profesionales.

También deberíamos pensar en las niñas que están construyendo la imagen de quienes podrán ser mañana.

Necesitamos que conozcan mujeres científicas, empresarias, deportistas, artistas y líderes. Que descubran historias de éxito, pero también de esfuerzo, errores y perseverancia. Que en las entrevistas de los medios a mujeres de éxito no se les formulen preguntas diferentes a las que se hace a un hombre. Que aprendan que la inteligencia no tiene género, que equivocarse no disminuye su valor y que no necesitan ser perfectas para merecer oportunidades.

Y, especialmente, que comprendan que su futuro no tiene por qué ajustarse a las expectativas de los demás.

 

Que nunca dejen de imaginar

No se trata de prometer a las niñas que podrán conseguir todo lo que sueñen. Se trata de darles la libertad de descubrir por sí mismas hasta dónde pueden llegar.

Porque los límites que más nos condicionan no siempre son los que encontramos en el camino. A veces son los que hemos aprendido a creer que existen.

Y hoy, en el Día Internacional de la Niña, quiero dejarte una pregunta:

¿quién decide tus límites?

Ojalá la respuesta sea siempre: tú.

 

 

Gracias por leerme un día más. Esta es la canción de hoy para recordar que nunca deberíamos perder la ilusión de imaginar, de soñar y de descubrir hasta dónde podemos llegar. Que tengas una feliz semana, llena de posibilidades

 

 

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