La velocidad de decidir

cada decisión tiene sus riesgos

 

Seguramente te ha pasado alguna vez. Estás navegando por internet cuando aparecen las zapatillas deportivas que llevas semanas pensando en comprarte. Son el último modelo, tienen descuento y, por una vez, queda tu número.

Para algunas personas, la decisión es sencilla: si cumplen lo que buscabas y el precio te encaja, las compras en ese momento. Has encontrado una opción que satisface tus necesidades y no sientes la necesidad de seguir buscando.

Otras personas, en cambio, prefieren darse más tiempo. Comparan precios en otras páginas, leen opiniones adicionales y visitan una tienda física para probárselas antes de decidir. Al día siguiente, cuando vuelven a buscarlas, descubren que ya no están disponibles.

Son distintas formas de decidir. Y la pregunta no es quién tiene razón.

La pregunta es: ¿por qué decidimos de forma tan diferente?

 

Decidir rápido no significa decidir mal

Uno de los mitos más persistentes sobre la toma de decisiones es que las decisiones importantes siempre deben tomarse despacio. Hemos aprendido a asociar la prudencia con el análisis exhaustivo y la rapidez con la precipitación.

Sin embargo, si observamos a muchas personas que destacan por su capacidad para decidir, descubrimos algo interesante: no necesariamente dedican menos atención a las decisiones, sino que gestionan de forma diferente la incertidumbre que toda decisión implica.

Quienes deciden rápido suelen haber desarrollado una gran claridad sobre sus prioridades. Han aprendido a distinguir la información esencial de la accesoria y aceptan que nunca dispondrán de todas las respuestas antes de actuar. Cuando encuentran una opción que cumple los requisitos que consideran importantes, avanzan.

 

Los dos grandes estilos

La psicología lleva décadas estudiando por qué algunas personas parecen sentirse cómodas tomando decisiones relativamente rápido mientras que otras necesitan analizar cada alternativa en profundidad. Uno de los enfoques más conocidos es el desarrollado por el psicólogo Barry Schwartz, autor de The Paradox of Choice, quien distingue entre las personas que buscan la mejor opción posible (maximizers) y aquellas que buscan una opción suficientemente buena (satisficers). Los primeros tienden a comparar más, investigar más y dedicar más tiempo a evaluar alternativas. Los segundos también reflexionan, pero dejan de buscar cuando encuentran una opción que cumple los criterios que consideran importantes.

Uno de los resultados más sorprendentes de estos estudios es el que muestra que dedicar más tiempo y energía a una decisión no necesariamente conduce a mejores resultados ni a una mayor satisfacción. De hecho, las personas con una tendencia más marcada a maximizar suelen experimentar más dudas después de decidir, cuestionarse con frecuencia si existía una alternativa mejor y mostrar mayores niveles de arrepentimiento. Parece que encontrar la mejor opción posible no siempre nos hace sentir mejor, en ocasiones, simplemente prolonga la incertidumbre y nos dificulta disfrutar de la decisión tomada. Es como si los ‘maximizers’ nunca llegaran a estar satisfechos de su decisión, en parte porque pierden opciones por el camino, mientras buscan si hay una opción mejor.

 

La oportunidad imperfecta

Reconozco que soy una persona que no me cuesta decidir. Sé lo que busco en cada momento y acepto que me quedo con una oportunidad imperfecta. Podría seguir buscando algo mejor, pero también sé que si dejo pasar esa oportunidad, es posible que no la vuelva a tener.

Sé que la perfección no existe.

Sé que no hay seguridad absoluta cuando decido algo.

Muchas veces creemos que nuestro objetivo es tomar la mejor decisión. Sin embargo, en la práctica, rara vez disponemos de toda la información necesaria para saber cuál es realmente la mejor opción. Decidimos con los datos que tenemos, con nuestra experiencia y con una cierta dosis de incertidumbre. Aun así, algunas personas siguen buscando una seguridad absoluta antes de actuar. Comparan una alternativa más, piden una opinión adicional o esperan una señal definitiva que confirme que están haciendo lo correcto.

El problema es que mientras perseguimos esa decisión perfecta, las oportunidades siguen avanzando. Las zapatillas se agotan, la plaza en ese curso desaparece o alguien aprovecha la oportunidad que te ofrecieron. Los psicólogos observan un fenómeno similar en aplicaciones como Tinder: cuando las personas perciben que las opciones son muchas, tienden a valorar menos las oportunidades que tienen delante y a centrar su atención en las que podrían aparecer después.

Y, tal vez, la verdadera pregunta no sea si existe una opción mejor, sino cuánto estás dispuesto a perder esperando encontrarla.

 

¿Cómo decides?

Te invito a observar cómo tomas decisiones en tu día a día.

¿Eres de las personas que, cuando encuentran una opción razonablemente buena, avanzan? ¿O de las que sienten la necesidad de seguir buscando para asegurarse de que no existe una alternativa mejor? Muchas veces pensamos que estamos siendo rigurosos, pero la frontera entre la reflexión y la búsqueda de perfección es más fina de lo que parece.

El perfeccionismo aparece cuando realizamos una tarea o asumimos una responsabilidad, y también aparece cuando decidimos. Se manifiesta en forma de comparaciones interminables, de necesidad de validar nuestras elecciones, de búsqueda constante de nuevas opciones o de la sensación de que todavía nos falta un dato más para estar seguros.

Si te has identificado con el perfil de quien busca siempre la mejor opción posible, tal vez tu reto sea aceptar que siempre existirá incertidumbre. Pregúntate si realmente te falta información o si, en el fondo, estás buscando una garantía que nadie puede darte.

En cambio, si tiendes a decidir rápido y a avanzar con facilidad, tu reflexión puede ser otra: ¿estás dedicando suficiente tiempo a las decisiones que realmente importan o aplicas la misma velocidad a todo?

Ninguna cantidad de análisis puede convertir una decisión en una certeza absoluta. Siempre habrá variables que desconocemos y resultados que no podremos prever. Porque, probablemente, una parte importante de aprender a decidir consiste en aceptar algo incómodo: ninguna decisión viene con garantías.

La vida rara vez te presenta oportunidades perfectas. Lo que sí te presenta son oportunidades reales. Y aprender a reconocerlas – sin precipitarte, pero sin paralizarte – puede cambiar muchas cosas.

 

 

Hoy te dejo esta canción para darte las gracias por leerme un día más y desearte una feliz semana 

 

 

dime qué haces

este viernes

y el resto de tu vida …

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