Vivimos en un mundo que cambia de forma constante.
Sabemos que los conocimientos se actualizan cada 14 meses y que el conocimiento mundial se duplica prácticamente cada año. En este entorno, se necesitan nuevas habilidades, porque las mismas que utilizábamos en el pasado ya no sirven para gestionar los retos actuales.
La OCDE ha publicado varios informes en los que expone la necesidad de formular estrategias para mejorar las habilidades en España (“OECD Skills Strategy Diagnostic Report Spain 2015” y “OECD Skills Outllok 2015”) como primer paso imprescindible para mejorar la economía española, una economía que muestra claros signos de recuperación, pero donde se mantienen abiertos problemas tan importantes como la tasa de paro más elevada de la OCDE –para adultos y para jóvenes- o un nivel de renta todavía inferior al que tenía en el año 2007.
También en el Foro Económico de Davos 2016, a través del informe “Future of Jobs Report”, se expuso cómo están cambiando las habilidades que buscarán las empresas, señalando que las tres habilidades más demandadas en 2020 van a ser  la “resolución de problemas complejos”, el “pensamiento crítico” y la “creatividad”.
Nuevas habilidades que podrían sintetizarse en una frase recogida en el estudio publicado por PwC “Trabajar en 2033”:

“Los trabajadores del futuro serán más independientes,
infieles, internacionales y emprendedores”
 

Reconozco que la comparto solo en parte, ya que me parece inapropiado el término “infieles”, porque estoy convencida que la vinculación de las personas a la organización deberá ser un aspecto importante en las nuevas habilidades, aunque sí es cierto que las personas permanecen cada vez menos tiempo en una misma empresa. La afirmación no debería sorprendernos, ya que en un entorno en el que todo cambia, son necesarias nuevas habilidades que permitan la adaptación al cambio, y que pasan necesariamente por permitir a los trabajadores un mayor grado de independencia y de espíritu emprendedor. Cuando el entorno cambia, las personas deben ser capaces de adaptarse a esa transformación. Tal y como ya señalaba Reg Revans en los años 70:

“La supervivencia de un organismo
depende de que su tasa de cambio
sea igual o mayor a la de su entorno”
 

Los cambios que se producen en nuestro entorno y la velocidad de los mismos afectan a las organizaciones. La esperanza de vida de las empresas ha caído de forma significativa  – era de 75 años en la década de los 40, y en la actualidad es de apenas 12 años-.  Las empresas que son líderes de mercado pierden ahora más rápidamente sus posiciones, los ciclos de vida de los productos en muchas industrias se han acortado y los modelos de negocio son mucho más dinámicos.
La supervivencia de las empresas depende de muchos factores -sabemos que tiene que ver con cambios en la demanda, cambios en la competencia, errores humanos, gestión del cambio y que correlaciona con la propia edad de la empresa y con su tamaño-  pero, sin duda, un aspecto fundamental son las personas que forman la organización. Ante cualquiera de los aspectos señalados, la capacidad de anticipación y de reacción de las personas será la que marque la diferencia para la empresa.  Y dentro de la organización, debemos recordar que la calidad directiva es determinante. En tiempos de cambio disruptivo, las compañías deben estar dispuestas a cambiar su estilo de gestión, porque su supervivencia depende de ello.
Los directivos de la organización deben ser capaces de captar qué está ocurriendo en su entorno y de responder a los cambios que se produzcan. Cuando nadie sabe qué es lo que va a suceder, es esencial la habilidad de adaptación y de tener iniciativa, en otras palabras, es básica la “habilidad emprendedora”.
La habilidad de tener sentido de la iniciativa y espíritu emprendedor consiste en  desarrollar la capacidad de la persona para transformar las ideas en actos. En nuestro mundo VUCA, hay que convertir ideas en actos, y hacerlo de inmediato, o de otra forma en este entorno donde las cosas suceden tan deprisa, la competencia se nos adelantará o las circunstancias nos dejarán en “fuera de juego”. De ahí la importancia de desarrollar una habilidad que fomenta cualidades personales como la creatividad, la disposición a la innovación, a la asunción de riesgos, la autoconfianza, el trabajo en equipo y la capacidad de planificar y gestionar proyectos para alcanzar objetivos.
No podemos obviar la necesidad de crear, innovar y emprender para añadir valor a nuestra actividad profesional. La habilidad emprendedora es una de las nuevas habilidades a desarrollar en nuestro mundo VUCA. Tener iniciativa emprendedora significa reconocer nuestra responsabilidad para hacer que las cosas sucedan. Supone contribuir a encontrar soluciones a los problemas que se plantean cada día y buscar oportunidades ante los cambios. La habilidad emprendedora es un activo estratégico esencial para el crecimiento personal, empresarial y social.
 
Artículo publicado en RRHHDigital